A Susana siempre le gustó pasear de noche por la ciudad. Disfrutaba en la alameda, entre los árboles que, a aquella hora, semejaban lúgubres fantasmas sombríos. El grito de la noche se cernía bajo sus ramas y ahogó el sorprendido quejido con que recibió el acero entre sus costillas…
Al atardecer, el cortejo que acompañaba a Susana, cruzó entre los árboles, testigos callados de lo ocurrido, sabiendo que ya nunca más volverían a verla pasar bajo sus ramas.
A lo lejos sonaba un villancico en una gramola de bar en el que, un malcarado sujeto, brindaba entre dientes por la chica a la que había partido el corazón con su navaja para apoderarse del poco dinero que se estaba gastando…
¡Salud…! y feliz Navidad.