Andar.
Seguir caminos escondidos que no llevan a parte alguna. Vivir con orden el desorden de lo desconocido que nos espera al borde del camino. Adquirir sentimientos, a veces correspondidos, a contravalor de la experiencia. Añadir encanto al paisaje de lo cotidiano. Renunciar al grito que ahoga la niebla de la noche.
Y todo en silencio.
Con la cobardía de no exponer tu sonrisa entre las bellezas del momento. Más que nada, por si alguien se la queda.