Un mal día lo tiene cualquiera. Hasta yo.
Me da miedo abrir tu mail.
No tengo la certeza de encontrarme de frente a los fantasmas de toda una vida, angustiados por la tardanza de ser reconocidos como tales, pero intuyo que el resultado no va a ser bueno. Quizá esa vida que se nos escapa entre los dedos que hoy teclean argumentos infantiles e inócuos para aferrarse a un capricho diario que llene de felicidad efímera nuestras mentes, sea quién nos de la respuesta.
La muerte dilucida nuestras miserias, mientras colma de información sobre todas las dudas que hemos tenido en vida. O dejan de importarnos las dudas, que todo es posible.
No quiero verme, arrastrado por tinieblas, invadiendo caminos perecederos en busca de una verdad que siento cerca, ni quiero sonreir a la distancia que alberga sentimientos encontrados, difíciles, austeros...
Me da miedo abrir mi corazón.
Y siento, a través de las noches, la indiferencia que mana del silencio. Lo odio. El silencio machacón que atruena en los oídos de quién, para sobrevivir, cierra los ojos. Andar a tientas por el tenebroso purgatorio de la nada en espera de eso... de la nada. Ambigua realidad que nunca pongo de manifiesto.
Sinceramente, me doy miedo.
Alberto.
No tengo la certeza de encontrarme de frente a los fantasmas de toda una vida, angustiados por la tardanza de ser reconocidos como tales, pero intuyo que el resultado no va a ser bueno. Quizá esa vida que se nos escapa entre los dedos que hoy teclean argumentos infantiles e inócuos para aferrarse a un capricho diario que llene de felicidad efímera nuestras mentes, sea quién nos de la respuesta.
La muerte dilucida nuestras miserias, mientras colma de información sobre todas las dudas que hemos tenido en vida. O dejan de importarnos las dudas, que todo es posible.
No quiero verme, arrastrado por tinieblas, invadiendo caminos perecederos en busca de una verdad que siento cerca, ni quiero sonreir a la distancia que alberga sentimientos encontrados, difíciles, austeros...
Me da miedo abrir mi corazón.
Y siento, a través de las noches, la indiferencia que mana del silencio. Lo odio. El silencio machacón que atruena en los oídos de quién, para sobrevivir, cierra los ojos. Andar a tientas por el tenebroso purgatorio de la nada en espera de eso... de la nada. Ambigua realidad que nunca pongo de manifiesto.
Sinceramente, me doy miedo.
Alberto.

