Hace algunos años, pocos o muchos según se mire, pasé un par de veranos en un ambiente rural en la zona de la Lora, en Burgos. Para mi, urbanita de toda la vida, era todo nuevo. Recuerdo los candiles de aceite, el agua en botijo que había que ir a llenar a una de las dos fuentes del pueblo, la chimenéa de leña en la que se cocinaba, se descansaba, se hablaba. No había agua corriente, ni cuarto de baño... no hacía falta. Las necesidades se hacían en la cuadra, bajo la atenta mirada de las vacas y el burro. Todo era abono para el futuro. Si había luz, si podemos llamar luz a la posibilidad de encender una bombilla de cuarenta watios para iluminar toda la casa. Ni radio siquiera... Eran los últimos años de la década de los cincuenta.
He vuelto a ese pueblo, donde las casas se han reparado, algunas reconstruído. Ahora hay luz, agua, baños, televisión, teléfono y hasta internet...
El río sigue ahí, casi igual que entonces. Las choperas son algo menores, pero ahí estan. Los campos ya no estan labrados porque nadie vive en el pueblo y del pueblo. Se va a veranear o de fin de semana. No hay vacas, ni cabras, ni burros. Las gallinas desaparecieron. Las rocas y la antigua ermita visigótica sigue en pié. Más en pié que entonces, porque la han restaurado. Igual que el cementerio, al que se puede sibir en todoterreno...
A mi me gustaba mas antes. Quizá es que entonces tenía nueve años y una gran imaginación por delante. Vivía el río, las rocas, los caminos, la siega, el trillo, el bieldo... Saboreaba la comida hecha al calor de las brasas del fuego, el queso casero de leche de cabra, el membrillo, la miel, el pan de hogaza, la manzana cogida del árbol... Y vivía con intensidad cada momento. Ahora, noto que se me va la vida entre pantallazos de tele y ordenador, entre coches y ruidos, entre polvo y demasiadas comodidades.
Y no quiero decir que allí se viviese mejor, porque seguro que los que tenían que pasar allí todo el año no lo echan de menos... pero allí vivía. Aquí parece que me viven.
No sé si me entiendes.