La frase de la semana
¿Quién tiene la razón? ¿quién la esgrime o quién, prudentemente, la calla?
Ahí queda eso...
Alberto.
¿Quién tiene la razón? ¿quién la esgrime o quién, prudentemente, la calla?
Ahí queda eso...
Alberto.
Llama a Morgana...
quiero verla entrar por la puerta
no me entiendo sin ella
todo carece de sentido si no está cerca
llama a Morgana...
dile que venga
que entre con suavidad en la luna llena
sin romper epejos de sueños lejanos
que cuidan amorcitos alados.
Llama a Morgana...
dile que se de prisa
la puerta sigue abierta
que ponga su mano en mi frente
y calme la fiebre interna...
que ordene el poco cabello que me queda
y cuide los ojos que desean verla
aunque una lágrima caiga, a destiempo, por ella.
Llama a Morgana...
¿Quién es Morgana?_preguntaste_
no lo sé, pero dile que venga
Alberto
Quizá el cielo es azul, pero hay días en que lo ves rojo, gris, blanco... o, sencillamente, no lo ves. Son esos días en los que te preguntas cosas raras que no van con tu forma de ser. Aunque sobre la forma de ser de uno habría mucho que hablar. Pero no quiero autosicoanalizarme en éste momento.
Pero hay momentos en los que no te consideras ni siquiera digno de tomarte en cuenta, lo que ya en si, es una verdadera barbaridad. ¿Motivos? ninguno, y eso es lo realmente importante. ¿Se puede llamar apatía? ¿depresión? ¿o solo es, quizá, una forma de autocompasión ante algo que ignoras o quieres ignorar?
No lo sé, pero creo que tampoco quiero saberlo.
Muchas cosas.
http://www.soriaymas.com/ver.asp?tipo=articulo&id=1793
Los que me conocen saben algo de mi pasión por las piedras. En concreto con las piedras medievales, con esos sillares que conforman la mayoría de ermitas e iglesias románicas de los siglos XII y XIII.
Y hoy quiero rendirles un pequeño homenaje. Las piedras hablan, en su cuerpo está escrita la historia que quieren contarnos. Muchas veces esa historia no tiene nada que ver con la de los historiadores, no... ellas tienen su propia historia que contar. En las marcas que dejaron sus canteros (que nadie se pone de acuerdo en qué son), en las representaciones de sus esculturas, hasta en la forma que son colocadas... hablan, si, pero necesitan que alguien las escuche.
Por eso me admira su paciencia. En mi caso, que me vanaglorio de hablar con ellas y escuchar su mensaje, ciertas piedras han esperado durante ocho siglos para susurrarme al oído una serie de conceptos sobre lo que son y representan. Eso es tener paciencia... y aguante, porque estar soportando inviernos y veranos durante tantos años sin caerse para poder dejar un mensaje, tiene lo suyo.
Pero al menos he dajado que me hablen y hasta creo que alguna ha cambiado de semblante al ver que comprendía su secreto.
Alberto.
y parece que fué ayer. Pero ayer, o hace un año, es lo mismo. Hay un vacío difícil de sobrellevar.
Inerte en la sombra
reavivas la llama
de súbita ausencia
y tu mirada traza
impolutos lazos blancos
de extremo a extremo
del cielo.
Y a tus pies
el mar
sala tu recuerdo.
Tierra, mar, cielo...
ya eres dueño
de todo ello.
En memoria de mi hermano Carlos.
La araña estaba sorprendida, no podía comprender por qué le desaparecían las telarañas. Por más que preguntó, nadie sabía nada. Mientras, al otro lado del matorral, las mariposas tejían finos hilos de seda para engalanar sus alas.
Alberto.
Quién ignora un halago es inteligente, quién ignora una ofensa es sabio.
Alberto.
No entiendo el por qué hay días en los que el frío de la mañana se torna calor en la tarde y otros en los que esa gélida sensación no se apacigua en todo el día. No me refiero al frío físico, sino a ese helado ambiente intelectual que nos oprime con el despertar.
Es fácil espabilarlo a veces, pero otras...
No quisiera perder la oportunidad de decirme algo importante porque el castañear de dientes me impida hacerlo. Pero son muchas las veces que nos acostamos sin haber preparado la leña para el fuego del día siguiente. Y por la mañana, ya es tarde.
Es tarde,
nada llama la noche
al sinsentido del sueño,
alborotado entre tus rizos,
en la cálida calima
de tu aliento.
Y vuelves tarde,
sin saber que espero
un roze tierno
de tu piel ardiente
sobre mi pecho.
Aunque solo frío encuentro
en el armario de tus sueños,
entre tus manos, en tus besos,
en la mirada ensoñadora
que hace infeliz
el encuentro.
En otro atanor
tienes puesto el fuego.
Alberto